 La cárcel Modelo de
Barcelona: una pieza clave de nuestra historia reciente.
- Pedro Fraile
Después de casi un siglo de funcionamiento parece que,
finalmente, comienzan a darse los pasos necesarios para desocupar la Cárcel Modelo de
Barcelona. De los noventa y cuatro años que lleva siendo utilizada para retener hombres e
ideas en su interior, no siempre con demasiado éxito, la mayoría los ha pasado dentro de
la ciudad. Sin duda en ese tiempo ha incomodado a mucha gente y ha amedrentado a otra, lo
que constituye, probablemente, el principal argumento de fondo (aunque a veces adquiera
otras formas) que se esgrime para proponer su demolición.
Pero también existen muchas personas, entre las que me cuento, que se resisten a ver tal
establecimiento convertido en cascotes. No se pretende hacer aquí una relación
exhaustiva de argumentos en favor de su conservación sino, simplemente, esbozar dos
líneas de razonamiento que apuntarían en esa dirección: su valor arquitectónico y su
poder para mantener despierta nuestra memoria.
A lo largo del siglo XIX España emprendió, como otros países de Europa y
América, el intrincado camino de la reforma penitenciaria. En ese proceso, uno de los
hitos fundamentales fue la erección de la cárcel Modelo de Madrid, diseñada por Tomás
Aranguren y concluida, tras múltiples vicisitudes, en 1884. En tal ambiente nació la
Modelo de Barcelona, cuyos promotores pretendían convertir en modelo de Modelos. Debía
superar en calidad al establecimiento madrileño y, por si fuera poco, lograrlo con un
presupuesto menor. Para ello se contó con dos prestigiosos arquitectos catalanes:
Salvador Viñals y Josep Domènech i Estapà.
Se cuidaron en este edificio todos los pormenores, desde la iluminación natural, obtenida
con los grandes rosetones que hay al final de cada radio, hasta el diseño especial de los
inodoros que impedía la comunicación entre los reos, pasando por la estructura central
de hierro, cargada de simbolismo, así como un sinfÍn de detalles. Por todo ello su valor
arquitectónico es indiscutible, y su destrucción supondría la pérdida de un eslabón
fundamental para reconstruir la historia del uso, que el hombre ha hecho del espacio, para
doblegar a sus semejantes.
Si esta cualidad es innegable, aún queda otro argumento, no menos importante, a favor de
su conservación: el de la memoria y la reflexión. Por sus congestionadas celdas ha
pasado una parte considerable del movimiento obrero de Cataluña, desde sus orígenes, en
1904, hasta tiempos bien recientes, así como muchos de los políticos que dirigen este
país u otros que contribuyeron a configurar la sociedad que ahora nos toca vivir. Es
éste, sin duda, un lugar cargado de debates y de penurias, de refexiones y
replanteamientos, de los que sabremos en la medida en que seamos capaces de escuchar sus
paredes.
Pero no es sólo su capacidad para evocar, y ayudarnos a entender, el transcurso político
lo que lo hace tan valioso, sino su función de recluir hombres (que es tan política como
lo anterior). La cárcel Modelo de Barcelona nos empuja a pensar sobre la delincuencia,
sobre sus orígenes, sobre su siempre velada función social, sobre los mecanismos que se
arbitran para contenerla o combatirla y, a través de esa reflexión, seguro que nos
iremos conociendo mejor a nosotros mismos.
Aunque no se trata de establecer aquí usos alternativos para un edificio que debería
formar parte de nuestro patrimonio, sÍ se podrían indicar algunas líneas de actuación
que orientasen nuestra andadura al respecto en un futuro próximo.
a) Un primer paso sería la demolición del muro de ronda, de manera que el
edificio apareciese con toda su elocuencia. Así, el espacio entre los diferentes radios
podría convertirse, con bastante facilidad y casi de inmediato, en un lugar de uso
público.
b) Habría que considerar que tanto el tamaño del edificio, como su propia
distribución, lo hacen muy versátil, de modo que puede desempeñar simultáneamente
tareas diversas, aunque sean diferentes entre sí, dada la sencillez con que se pueden
aislar unas zonas de otras.
c) Sería imprescindible abrir un debate público sobre las necesidades, tanto de la
ciudad como del propio barrio de su entorno, para orientar las potenciales intervenciones
sobre el edificio. Pero su posterior reutilización no debería desvirtuarlo hasta el
punto de hacer difícil reconocer la cárcel que fue o reconstruir la vida que discurrió
entre sus paredes
d) Parece inexcusable que las administraciones y poderes públicos que comparten
competencias sobre el establecimiento se comprometan en tal discusión y pongan en marcha,
con toda la transparencia posible, el proceso de transformación de tan importante pieza
de la memoria y el patrimonio colectivos.
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