 Preservar la vivienda popular de
la piqueta no es en sí algo evidente. Tampoco suele ser moneda corriente en el mundo de
la conservación de monumentos. Como sabemos, los catálogos tradicionales del patrimonio
raramente la incluyen, de no mediar una gran antigüedad y un caracter de excepcional
singularidad. Las areas residenciales populares son un apartado extremadamente crítico y
controvertido de la conservación del patrimonio edificado, una de las piedras de toque en
realidad del ámbito de aplicación de la salvaguarda, de su mismo sentido y utilidad.
Una nueva sensibilidad ante la vivienda modesta
No quiere ello decir que todas las areas residenciales de carácter
popular se hallen igualmente amenazadas. Para empezar, es ya vieja la idea de la
preservación de "areas ambientales" o "conjuntos urbanos" en
determinados sectores históricos de nuestras ciudades. De no haber existido un profundo
proceso de despoblación, tales áreas son todavía hoy auténticos barrios populares,
muchas veces privilegiados a través de una u otra forma de preservación por medio de
ordenanzas de conservación o rehabilitación especiales. En otros casos, los mismos
catálogos del patrimonio monumental de ámbito local las incluyen como sectores a
conservar, abarcando excecionalmente extensas áreas de nuestos centros históricos y
(menos habitualmente) de nuestros ensanches.
En efecto, la sensibilidad social e institucional ha cambiado indudablemente al respecto
en el último siglo. Y de la misma forma lo han hecho los criterios utilizados para la
conservación. A los tradicionales valores de excepcionalidad, antigüedad y
representatividad, aplicados casi exlusivamente en un principio al ámbito del edifico
concreto, fue poco a poco sumándose a toda una linea de reflexión que desde Ruskin ha
ido revalorizando los conjuntos de edificios, los tejidos urbanos como elementos
monumentalizables.
No es cuestión ahora de detallar esa puesta a punto progresiva de
la nueva sensiblidad que acaba culminando en la Carta de Venecia de 1964. Solo quiero
recordar aquí dos aspectos que me parecen importantes respecto a la real aplicación de
esa nueva sensiblidad por lo que se refiere a la vivienda modesta de nuestro pais en los
últimos años.
En primer lugar, se han delimitado (menos habitualmente
"conservado") algunos de los tejidos residenciales populares de los centros
históricos. En ese caso, el nuevo criterio conservador de los tejidos urbanos ha primado
indiscutiblemente la antigüedad.
En segundo lugar, fuera ya del perímetro del centro histórico, las
demás áreas residenciales urbanas no han recibido por igual la misma atención. Más
allá de las áreas residenciales acomodadas, en el corazón del Ensanche, o de los
edificios residenciales singulares en algunas zonas periféricas, el tejido residencial
más menudo de la vivienda popular ha sido casi sin excepción ignorado, de no mediar una
cierta antigüedad o un cierto caché que lo hiciera atractivo para determinada
demanda de vivienda acomodada. Cuando eso ha ocurrido -y no ha ocurrido en realidad con
frecuencia- lo "popular" ha quedado limitado de facto a determinados
tejidos residenciales que por sus características históricas ofrecían por lo general
ciertas caracterísiticas: dimensiones apreciables de la vivienda -ya fuera de la vivienda
de partida o de la vivienda reformada-, baja densidad, unifamiliaridad del programa,
presencia de patios y jardines y un cierto pedigrí estilístico en el lenguaje
arquitectónico. La rehabilitación ha procedido casi siempre en la práctica de la
inciciativa privada.
En buena medida, la conservación ha acabado convirtíendose en
pequeñas operaciones de gentryfication. Para los dos casos señalados en
definitiva, las áreas residenciales de vivienda popular a conservar o bien ofrecían una
antigüedad muy relevante, y en ese caso han sido al menos preservadas por determinadas
normativas de conservación del centro histórico, o, si ello no ocurría, debían ofrecer
al menos una mínima combinación de criterios de antigüedad y cualidad de la vivienda de
forma que sehicieran atractivos a capas medias de la demanda.
La delicada situación de los conjuntos de vivienda popular
en Barcelona
En el caso de Barcelona, la situación al respecto habría de
calificarse por lo menos de "delicada". Los trabajos de revisión definitiva del
Catáleg del Patrimoni Monumental, realizados a principios de los noventa con
objeto de ampliar el patrimonio protegido de los distritos suburbanos, no han sido
todavía incluídos en un nuevo Catálogo que extendiera la tutela más allá de las
masías y grandes casas del Llano. En la actualidad, pues, no están todavía reconocidos
los conjuntos de vivienda a preservar fuera del perímetro de Ciutat Vella y el Ensanche
Central. Lo poco con lo que contamos hoy por hoy en ese ámbito espacial procede casi
exclusivamente de la vía del planeamiento urbanístico general de la ciudad. ¿Para
cuándo pues la publicación del nuevo catálogo del patrimonio en base a dichos trabajos
de precatalogación de distritos? Numerosos conjuntos de vivienda popular media o pequeño
burguesa aguardan mientras tanto su reconocimiento, su definitiva catalogación oficial.
Algunos bellos conjuntos ambientales de pequeñas torretes decimonónicas se
encuentran en este momento en trance de desaparición. Enteros tramos de calles obreras de
esa misma época en Hostafranchs, Sants, Gracia y diversos núcleos de Sant Martí se
encuentran ya al filo del derribo inminente. La vivienda cooperativa o acogida a las leyes
de Casas Baratas de los años veinte y treinta de obreros cualificados y empleados espera
todavía un reconocimiento patrimonial explícito, a pesar de algunos estudios realizados.
Todos estos ámbitos constituyen posiblemente el primer frente a atacar, dado el relativo
consenso social creado en torno a su calidad ambiental genérica, su inclusión en los
trabajos de ampliación del Catálogo más arriba citados, la demanda efectiva de
rehabilitación de que algunos de ellos están siendo ya objeto y, en consecuencia, una
mayor probabilidad de reconocimiento immediato. La amenaza de destrucción es grande, pero
es posible todavía salvar buena parte la memoria histórica de esa vivienda popular más
"acomodada".
De todas formas, los criterios y los ámbitos de conservación
hasta ahí apuntados se nos antojan todavía insuficientes. Extensas áreas se encuentran
más gravemente amenazadas todavía. Nos referimos a las áreas de vivienda popular
generadas masivamente en los años veinte y treinta en ámbito periférico, barrios de
caracter esencialmente obrero y casi totalmente ocluídos ahora por el desarrollo urbano
de las últimas décadas. Ese paisaje urbano de pequeñas casetas, salpicadas a veces por
"pasillos", que forman las "segundas periferias" de Barcelona, están
a punto de desaparecer de nuestra vista. Representan toda una época clave en la
formación de la ciudad, la del gran ciclo edificatorio y de inmigración del período de
entreguerras. Todo un paisaje urbano de la ciudad que se conformó en aquellos años en
amplias áreas de los actuales Nou Barris, de Collblanch, del Carmel, de Can Baró, de las
zonas más excentricas del Sant Martí, etc. Mucho, casi todo, ha desparecido ya por
completo bajo la densísima edificación de los años sesenta y setenta, casas nuevas que
han acabado por caricaturizar un tejido suburbano pensado bajo otros supuestos. Los miles
de casetas de la época apenas son hoy rastreables, si no es en pequeñas
secuencias, cada vez más raras, en puntos aislados, encerrados entre medianeras de cinco
o más pisos, extraños ya a la nueva ciudad que termina por engullirlas.
Excepcionalmente, podemos todavía contemplarlas en operaciones unitarias, como un paisaje
sin apenas intromisiones de épocas posteriores, como ocurre en la Colonia Castells o en
las Casas Baratas del Patronat. Ciertamente, no son bellas en el sentido mayoritariamente
aceptable, pero precisamente por eso plantean la posibilidad de discutir radicalmente el
concepto y los límites de la conservación.
La protección de la vivienda popular
Proteger la vivienda de la periferia es difícil, pues la perfieria
es, por definición, lo no singular, lo genérico. En contraste con el centro urbano
(histórico o no) la periferia urbana es el lugar reproducible por excelencia. No mediando
singularidades naturales o relacionales locacionales específicas, tales como la
proximidad de equipamientos urbanos especiales u otras particularidades, las periferias
tienden a ser, en rigor, todas iguales, fruto de la reproducción en serie de lo urbano.
Uniforme, vulgar, inespecífica, la periferia parece mantenerse ajena a los esfuerzos de
la conservación. La cualidad estética está por definición ausente. ¿Qué hacer pues?
¿Cómo atribuir sentido, cómo poner en valor estos pedazos inconexos del paisaje urbano?
Pensamos que frente a la ausencia de la cualidad estética, o
de la simple antigüedad, recurrentemente usadas en la protección de edificios y entornos
históricos, la protección de la vivienda popular periférica solo puede (y además debe)
justificarse desde dos supuestos complementarios.
El primer criterio ha de ser siempre el de la utilidad. Todo paisaje
urbano, por hermoso o prosaico que sea, encierra en sí una profunda continuidad
antropológica entre las personas, las calles y los edificios que las albergan. Cualquier
destrucción conlleva radicalmente la ruptura de ese lazo de unión, creando un profundo
efecto de extrañamiento. Esa indisoluble simbiosis entre los grupos sociales y su
ambiente crea una sentido de continuidad que se apoya en el grupo social y que refuerza la
conciencia de pertenencia a un lugar, por "banal" que este sea. Desde ese punto
de vista cualquier paisaje urbano, y en especial, los paisajes residenciales "sin
cualidad" son extremadamente útiles al mantenimiento de la vida en la ciudad, y son
en definitiva patrimonio edificado en un sentido amplio, pero no por ello menos
importante.
El segundo criterio, tan trascendental o más que el anterior, es el
de su valor intelectual. Tal valor se resume fundamentalmente en la profundidad temporal
que permite la contemplación y la vivencia de cualquier paisaje urbano con historia,
aunque sea ésta a veces mínima. Carente de los atributos de cualidad estética, la
periferia, cualquier periferia, permite dotar de profundidad en el tiempo a las distintas
áreas de la ciudad, contribuye a identificar lejanos trazos del paisaje de otras épocas
sin cuyo reconocimiento nuestra apreciación del entorno aparece dramáticamente amputada.
Los actuales Nou Barris por ejemplo ya no son más los barrios formados en el período de
entreguerras, pues ese tramo temporal, ese estrato del paisaje urbano ha desaparecido, nos
ha sido hurtado lamentablemente del paisaje urbano cotidiano. Los barrios que ahora
recorremos son "solo" los Nou Barris del franquismo y de la Barcelona
democrática, pues ese estrato anterior está casi irremediablemente perdido.
Ese es en definitiva el valor de la conservación en la
periferias: territorios donde todavía es posible rastrear las "trazas de una
urdimbre histórica" (Cervellati, 1991). La fruición intelectual de un paisaje
ciudadano es mayor, cuanto más profunda sea en el tiempo, cuanto más estratos
históricos del pasado se hallen implicados en dicho paisaje y más presentes se nos hagan
en una apreciación atenta. En las periferias, por más recientes, por menos
"históricas" que sean, siempre podremos rastrear un viejo camino, una acequia,
las huellas del bosque, de unos bancales antaño cultivados, de una cantera abandonada. Y
no solo eso. Al ser los espacios suburbanos de formación reciente, modernos por
definición, más manifiestas son las grandes oleadas de la construcción de la ciudad,
las fases más próximas de estratificación del aglomerado urbano. Sabemos que la ciudad
contemporánea se forma en grandes ciclos cosntructivos residenciales que arrojan al
paisaje urbano lo esencial de su contendido. Toda ciudad con una mínima dinámica
constructiva da testimonio en su paisaje residencial de esas grandes oleadas, hasta el
punto de que los tipos de casas, los edificios construídos que contemplamos son de alguna
manera testigos mudos de esos ciclos, de esa dinámica residencial que explica en buena
medida la ciudad y especialmente los espacios de formación más reciente, los espacios
periféricos. Cancelar algunas de esas fases, eliminar del artefacto urbano de las
periferias los restos de alguna de esas oleadas constructivas, especialmente los más
antiguas, supone eliminar de un plumazo una de sus mayores riquezas, sin duda su única
riqueza patrimonial.
Por esa razón, cualquier destrucción del tejido de la
vivienda popular en la periferia resulta a la larga desazonante y en el fondo
empobrecedora. La destrucción masiva puede acabar clausurando en un instante todo un
tramo de su historia, en particular cuando se trata de los únicos restos históricos de
unos espacios suburbanos de tan corta y ajetreada vida. Lo hemos recordado en los viejos
Nou Barris de Barcelona, pero el fenómeno es más general. Todo ese ciclo formativo de
los años veinte, esencial en la construcción de Barcelona y en particular de sus
espacios suburbanos, está a punto de quedar completamente ocluído. Las sustituciones con
casas de mucho mayor volumen han ido poco a poco haciendo desaparecer ese ciudad de
pequeñas casetas, testigos de dicho momento urbanizador. Empieza a ser ya difícil
observar algún vestigio de un período tracendental en la historia de Barcelona, de la
Barcelona obrera por ser más precisos.
La Colonia Castells
Ello es particularmente grave cuando se trata de ámbitos del
paisaje residencial especialmente homogéneos, que configuran conjuntos extensos y que
ahora vemos gravemente amenazados como ocurre en la Colonia Castells. La periferia obrera
barcelonesa del período de enteguerras fue hecha en lo esencial de forma muy puntual, por
compradores de pequeños lotes que fueron construyendo aquí y allá pequeñas casetas para
alquilar. Exceptuando algunos pequeños pasajes o pasadissos, pocas veces es
posible observar promociones de un número considerable de viviendas realizadas por un
único constructor. Las grandes operaciones las llevó a cabo el Patronato Municipal de la
Habitación en sus cuatros grupos de Casas Baratas.
Hoy, algunos de ellos, como Eduardo Aunós, se encuentran en
situación de inminente derribo. Por lo que parece, la Colonia Castells se halla en
situación parecida, pues ha sido convocado un concurso para su transformación, sin más,
en espacio verce. Se trata de la mayor de las operaciones de construcción residencial
unitaria a cargo de un operador privado en las periferias de esos años.
Cerca de 120 viviendas fueron proyectadas en 1923 en un terreno de
poco más de una hectárea, propiedad de María Barnola y María Castells. Viviendas
modestísimas, organizadas en tres pasajes longitudinales y otro más pequeño transversal
con una pequeña plaza. No se trata de un patrimonio de gran calidad constructiva, ni
mucho menos. El proyecto original ya fue fuertemente discutido por propietarios de la zona
que veían descender el valor potencial de sus terrenos con la construcción poco
escrupulosa de las nuevas viviendas. Ciertamente, ni aquí ni en el colindante pasaje
Piera, construído prácticamente a la vez, la construcción es lujosa. Es el gran
problema de todas las casitas de esos años en la periferia: construcción muy modesta,
tamaños reducidísmos. Pero no es ese un argumento concluyente, viviendas no mucho más
grandes están siendo ofrecidas en algunas pasajes de la zona norte de Gracia por precios
que llegan a rondar los treinta millones y sin posibilidades de levante o ampliación.
Existe seguramente un problema, que podríamos de calificar "de contexto" en la
Colonia Castells, un problema ligado a la població que la habita, a su situación con
respecto a la propiedad y a las expectativas de transformación del barrio de las Corts
que la convierten en ajena ya al entorno que la rodea.
Cuando tanto se habla de que el programa de la vivenda al uso debe
cambiar, de que de hecho está ya cambiando la demanda habitacional en la ciudad, de que
la vivienda ha de ser por definición adaptada a otros programas no estricta o
convencionalmente familiares (gente sola, jóvenes parejas, jubilados, padres o madres
solteros con hijos, etc.) ¿es tan difícil reconvertir estos espacios de vivienda
mínimos y rehabilitar? Dotaríamos de nuevos valores de uso a la ciudad, matendríamos un
oasis de paz en un barrio de les Corts cada vez más densificado e incómodo y además nos
procuraríamos un placer intelectual suplementario. El placer de contemplar unos edificios
que ya no son nuestros pues pertenecen a la historia: son de los que los erigieron y los
vivieron, de los que los desde entonces y hasta ahora los habitan.
BIBLIOGRAFÍA CITADA
CERVELLATI, P.L., La Città Bella. Il recupero dell´ambiente
urbano. Il Mulino, Bolonia, 1991.
Fuente del Plano de la Colonia Castells
Archivo Administrativo del Ayuntamiento de Barcelona. Fomento, Obras
Particulares, Exp. 1000 (1923)
© Copyright: José Luis Oyón, 1998
© Copyright: Scripta Nova, 1998 |