 Después de casi
un siglo de funcionamiento parece que, finalmente, comienzan a darse los pasos necesarios
para desocupar la Cárcel Modelo de Barcelona. De los noventa y cuatro años que lleva
siendo utilizada para retener hombres e ideas en su interior, no siempre con demasiado
éxito, la mayoría los ha pasado dentro de la ciudad. Sin duda en ese tiempo ha
incomodado a mucha gente y ha amedrentado a otra, lo que constituye, probablemente, el
principal argumento de fondo (aunque a veces adquiera otras formas) que se esgrime para
proponer su demolición.
Pero también existen muchas personas, entre las que
me cuento, que se resisten a ver tal establecimiento convertido en cascotes. No se
pretende hacer aquí una relación exhaustiva de argumentos en favor de su conservación
sino, simplemente, esbozar dos líneas de razonamiento que apuntarían en esa dirección:
su valor arquitectónico y su poder para mantener despierta nuestra memoria.
A lo largo del siglo XIX España emprendió, como
otros países de Europa y América, el intrincado camino de la reforma penitenciaria. En
ese proceso, uno de los hitos fundamentales fue la erección de la cárcel Modelo de
Madrid, diseñada por Tomás Aranguren y concluida, tras múltiples vicisitudes, en 1884.
En tal ambiente nació la Modelo de Barcelona, cuyos
promotores pretendían convertir en modelo de Modelos. Debía superar en calidad al
establecimiento madrileño y, por si fuera poco, lograrlo con un presupuesto menor. Para
ello se contó con dos prestigiosos arquitectos catalanes: Salvador Viñals y Josep
Domènech i Estapà.
Se cuidaron en este edificio todos los pormenores,
desde la iluminación natural, obtenida con los grandes rosetones que hay al final de cada
radio, hasta el diseño especial de los inodoros que impedía la comunicación entre los
reos, pasando por la estructura central de hierro, cargada de simbolismo, así como un
sinfÍn de detalles. Por todo ello su valor arquitectónico es indiscutible, y su
destrucción supondría la pérdida de un eslabón fundamental para reconstruir la
historia del uso, que el hombre ha hecho del espacio, para doblegar a sus semejantes.
Si esta cualidad es innegable, aún queda otro
argumento, no menos importante, a favor de su conservación: el de la memoria y la
reflexión. Por sus congestionadas celdas ha pasado una parte considerable del movimiento
obrero de Cataluña, desde sus orígenes, en 1904, hasta tiempos bien recientes, así como
muchos de los políticos que dirigen este país u otros que contribuyeron a configurar la
sociedad que ahora nos toca vivir. Es éste, sin duda, un lugar cargado de debates y de
penurias, de refexiones y replanteamientos, de los que sabremos en la medida en que seamos
capaces de escuchar sus paredes.
Pero no es sólo su capacidad para evocar, y
ayudarnos a entender, el transcurso político lo que lo hace tan valioso, sino su función
de recluir hombres (que es tan política como lo anterior). La cárcel Modelo de Barcelona
nos empuja a pensar sobre la delincuencia, sobre sus orígenes, sobre su siempre velada
función social, sobre los mecanismos que se arbitran para contenerla o combatirla y, a
través de esa reflexión, seguro que nos iremos conociendo mejor a nosotros mismos.
Aunque no se trata de establecer aquí usos
alternativos para un edificio que debería formar parte de nuestro patrimonio, sÍ se
podrían indicar algunas líneas de actuación que orientasen nuestra andadura al respecto
en un futuro próximo.
a) Un primer paso sería la demolición del muro de
ronda, de manera que el edificio apareciese con toda su elocuencia. Así, el espacio entre
los diferentes radios podría convertirse, con bastante facilidad y casi de inmediato, en
un lugar de uso público.
b) Habría que considerar que tanto el tamaño del
edificio, como su propia distribución, lo hacen muy versátil, de modo que puede
desempeñar simultáneamente tareas diversas, aunque sean diferentes entre sí, dada la
sencillez con que se pueden aislar unas zonas de otras.
c) Sería imprescindible abrir un debate público
sobre las necesidades, tanto de la ciudad como del propio barrio de su entorno, para
orientar las potenciales intervenciones sobre el edificio. Pero su posterior
reutilización no debería desvirtuarlo hasta el punto de hacer difícil reconocer la
cárcel que fue o reconstruir la vida que discurrió entre sus paredes
d) Parece inexcusable que las administraciones y
poderes públicos que comparten competencias sobre el establecimiento se comprometan en
tal discusión y pongan en marcha, con toda la transparencia posible, el proceso de
transformación de tan importante pieza de la memoria y el patrimonio colectivos.
|