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POLEMICA SOBRE LA RESTAURACIÓN DE LA CATEDRAL DE BURGOS

SOS Monuments

LA IMPORTANCIA DE LAS PATINAS Y DE LAS SUSTITUCIONES EN LA RESTAURACION DE LA CATEDRAL DE BURGOS

Salvador Tarragó i Cid


Se ha armado un gran revuelo con motivo de un informe que la profesora Begoña Bernal ha elaborado sobre las intervenciones en la Catedral de Burgos, que fue presentada a un congreso en el que participó como miembro de ICOMOS España, la repercusión se ha producido por que dicho informe fue publicado en la página web de ICOMOS Internacional y en él se denunciaban las diversas intervenciones como auténticos atentados restauratorios que hacían peligrar la calificación de Patrimonio de la Humanidad otorgado a la Catedral.

La opinión personal de la profesora Begoña Bernal, miembro de ICOMOS España, mereció la descalificación de la Junta de dicha asociación y de la prensa y entidades implicadas de Burgos, habiéndole llegado a aplicar una suspensión cautelar como miembro de ICOMOS.

Las razones aducidas para tal condena, se centran más en las cuestiones de transgresiones de jerarquía que no en los temas de contenido denunciados por la informante. Como a menudo ocurre en nuestro país, importan más las cuestiones de forma que las de contenido.

No entraremos en la valoración de todas las cuestiones tratadas en el mencionado informe por no disponer de suficiente información en relación con todas las afirmaciones que contiene, pero creemos suficiente pararnos a considerar dos cuestiones centrales de dicha crítica. Una es el tema de la limpieza de las fachadas de la Catedral y la otra las sustituciones producidas de las esculturas de los reyes castellanos de la fachada principal y de las claves de madera de la bóveda de la Capilla de los Condestables. Son dos temas centrales en la restauración de monumentos, el de las pátinas y el de la autenticidad que por desgracia no son respetadas en una gran mayoría de intervenciones que se realizan.

Vayamos por partes. El respeto y la valoración de la importancia de las pátinas o envejecimiento natural de la superfície exterior de los monumentos está reconocido en la mayor parte de las declaraciones internacionales de protección de los mismos, lo que ocurre es que no se respeta por la perseverancia de criterios absoletos desfasados y por la conjunción normalmente de incompetencia profesional y de intereses comerciales. Se simplifica el problema confundiendo pátina con suciedad y aplicando el criterio erróneo de pretender recuperar el estado originario del edificio recién terminado. Ambos extremos no son de recibo en el siglo XXI. El reconocimiento del valor de las pátinas que otorgan carácter y autenticidad al edificio, requiere unos conocimientos, una sensibilidad y una competencia profesional que, excepciones aparte, prácticamente son muy minoritarias tanto en lo que se refiere a técnicos superiores como a empresas capacitadas para ser llevadas a cabo.

Por lo que respecta a la pretensión de dejar el edificio como recién terminado, repintado comúnmente y con una limpieza integral como recién salido de un lifting de rejuvenecimiento imposible, se quiere justificar en base a querer mantener la restauración en una cuestión de puros gustos personales, negando la existencia de una disciplina teórico-práctica, una especialización histórico-arquitectónica con 200 años de existencia cuanto menos detrás y con un gran acervo de experiencias, teorías y conclusiones con un código deontológico preciso que obliga a todo profesional.

Por desgracia, estas consideraciones son ignoradas por las exigencias y restricciones que imponen y se niega su reconocimiento con la práctica de simplificaciones inadmisibles desde un punto de vista de formación teórico-práctica cualificadas. Pretender dejar los monumentos como nuevos, es falsificar la historia, es una reconstrucción, no una restauración, que intenta rehacer lo ya existente, aunque presente desperfectos, después de haberlo destruido con la propia reconstrucción, es decir se pretende revivir a un enfermo después de haberlo matado.

Hay que despertar la sensibilidad hacia lo viejo con sus lacras, incomplitudes e irregularidades. Después del desarrollo de la pintura informal, como muchas de las obras de Tapies, por ejemplo, con la revalorización de las texturas, las arrugas, los desconchados, las humedades, la materia, en fin, en todas sus expresiones, ya no es de recibo la búsqueda de la eterna y abstracta juventud neoclásica, es una falacia de una cultura de mercado que solo pretende reconocer lo por estrenar y no usado.

Hoy se reconoce que la arruga también es bella, valga la expresión de un eslogan de uso de prendas de vestir de fibras naturales, que existe una belleza más profunda que la de la eterna juventud comercial de los cosméticos y el lifting, que el envejecimiento otorga carácter y expresión de nobleza cuando se vive con dignidad, sin que por ello se defienda la suciedad, el abandono ni la senilidad.

Vayamos por la cuestión de las sustituciones de elementos originales de las fachadas de los edificios históricos como otra cuestión también esencial en la restauración moderna. Es una cuestión más compleja pero igual de trascendente.

Es práctica generalizada el arrancado de las fachadas de las piezas escultóricas originales deterioradas para guardarlas, se justifica, en el interior de los museos para su conservación y su sustitución por copias. Pervive la conciencia que una copia bien hecha tiene el mismo valor de una original según el pensamiento neoclásico que otorgaba a la belleza un valor ideal y abstracto independiente de su materialidad. Desde el advenimiento del arte moderno hace ya más de cien años, el sentido del valor de autenticidad, de reconocimiento de la importancia del original y de su insustituibilidad, como condición de existencia de su identidad como obra de arte. Todas estas cuestiones y otras más, tendrían que hacer inadmisible a una conciencia del siglo XXI porque las substituciones de obras de arte del exterior de un monumento son pérdidas de autenticidad, son muestra de falsificación y desprecio por la verdad histórica, que introducen la desconfianza sistemática en el valor del propio del monumento, y con la duda de la originalidad en la obra de arte hunden todo el crédito y la confianza hacia los méritos de su identidad y de autoría.

Existe un aspecto trágico en este proceso y es que la conciencia del restaurador al ser el propio y directo agente de la substitución, se le crea una conciencia de falsificador, que lo insensibiliza progresivamente, hacia un cinismo, como para poder continuar ejerciendo la propia profesión con dignidad. Los restauradores, como reconstructores no importa de que obra por destruida que esté, acaban siendo los que menos creen en la verdad de su propio oficio.

Ciertamente es práctica muy común las substituciones de objetos deteriorados, que si bien podían llevarse a cabo en épocas pasadas de predominio del pensamiento clásico y académico, no son de recibo actualmente. Tendría que guardarse en todo caso las copias como testigos, pero la sinceridad y defensa de la autenticidad de los monumentos, y sus partes exige pagar el precio del desgaste y de la pérdida en caso extremo como condiciones de la vida y el ser real de la obra de arte. La importancia de la autenticidad deviene un valor irrenunciable. ¡Que falsificación monumental la que debió ser la más hermosa de las catedrales francesas, como la de Reims, convertida en un inmenso Frankenstein que bien limpita y super zurcida ofrece una imagen momificada de su propio recuerdo!

Estas reflexiones surgidas a partir de un principio de identidad básico como es el de la autenticidad, tienen que ser mantenidas con firmeza por cuanto si se considera la relatividad de su importancia, empiezan a aceptarse las excepciones progresivamente como regla y terminan por dejar el patrimonio arquitectónico totalmente falseado.

Por ello, debemos agradecer a Begoña Bernal su radicalidad en la denuncia de las substituciones de las esculturas de piedra por unas de plástico, o por el cambio de las claves de la bóveda de los Condestables de madera por unas copias asimismo de resina, por cuanto nos obliga a reconocer como un principio innegociable el valor de la autenticidad histórica en la restauración, a riesgo de que se nos acuse de fundamentalistas frente a posiciones acomodaticias ante cualquier posicionamiento comprometido.

Esto, pensamos, es el meollo fundamental de la cuestión, a la que deberían darse detallada respuesta y no solamente salir al paso con argumentos de autoridad protocolaria.
 


Salvador Tarragó i Cid
Dr. Arquitecto, Director del Máster de Restauración de Monumentos de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Catalunya de 18 años de antigüedad y Presidente de SOS Monuments, Asociación en Defensa Cívica del Patrimonio Cultural