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Igualmente es encomiable querer recuperar y reivindicar el espacio de socialización de la mujer que representaban, el lugar de encuentro, de intercambio de noticias y confidencias, sin embargo… Sin embargo en la misma sala ya hubo quien echó de menos que no se profundizará más allá de esa fachada amable y, a veces, un poco ingenua. Me refiero al carácter netamente productivo de los lavaderos. La mujer iba allí esencialmente a trabajar y a trabajar en condiciones tremendamente duras, frío y heladas en invierno, en posturas poco recomendables para el buen funcionamiento de la espalda, si la altura del lavadero coincidía con la ideal por la altura de la lavandera bien, y si no también. Constipados, gripes y alguna neumonía fueron cotidianos y más cotidianos todavía fueron los sabañones. Más benévolo parece ser el verano para la actividad de lavar pero no era una mejora facilitada, sino que venía de sí. La displicencia con que se trata este tema quedó patente en la misma sala cuando, al reivindicar el esfuerzo puesto, lo único que se oyó fue que no había que preocuparse, que esos tiempos no volverían, con una superficialidad y una benevolencia parecida a la que se utiliza con los niños enfadados. Peor fue todavía comparar el lavadero con el Casino al que acudían los hombres. Las mujeres, hasta tiempos recientes,
no han tenido un espacio pura y simplemente de socialización como
lo ha sido el Casino o la taberna de los hombres. La presencia de las
mujeres en esos lugares ha estado siempre sujeta a sospecha sobre la honestidad
y “decencia” de la que se atrevía a cruzar sus puertas
sin una razón muy bien justificada.
La mujer se ha socializado siempre alrededor de un trabajo. Una mujer de provecho jamás había de tener las manos quietas, siempre habían de estar ocupadas en algo. El ocio, el descanso estaba muy mal visto, especialmente después del matrimonio. Incluso si nos fijamos en las mujeres de la clase burguesa, pocas se reunían porque sí. El tan denostado “Ropero de San José”, u otras actividades caritativas por el estilo, quizás sean deplorables por lo que suponían de hipocresía pero, en lo que nos atañe, es decir, cómo se socializa la mujer, es un ejemplo perfectamente válido, servían para justificar la reunión alrededor de un trabajo, siempre con las manos ocupadas. ¿El lavadero lugar de socialización? Sí. También el taller y la fábrica para los hombres. En el taller y la fábrica se difundían las ideas socialistas. En el lavadero cosas “menos” importantes (¿menos importantes?) pero igualmente vitales como consejos, noticias y también ideología y valores, quizás no los que nos gustan pero sí los que han traído la sociedad que hoy vivimos. Creo que S.O.S. tiene una oportunidad magnífica de reivindicar el valor del trabajo femenino, tantas veces olvidado e infravalorado. Dentro de esos edificios más o menos correctos arquitectónicamente, además de chismes y cuentos se guarda también trabajo, trabajo duro e imprescindible, trabajo sin remuneración, ni nómina, ni cuantificado en la economía de la nación pero no por ello menos valioso ni menos productivo. Sería una pena dejar pasar esta oportunidad. Atraer la atención
de la sociedad y las autoridades sobre este aspecto no está reñido
con los fines iniciales reclamando la atención sobre edificios
y espacios. Los lavaderos fueron construcciones, algunas, hermosas en
las que se cobijó el trabajo y la mujer tuvo un espació
propio en el que expresarse y relacionarse. Las tres cosas forman parte
de nuestro pasado y las tres nos han dado el carácter que tenemos.
Las tres juntas. No creo que sea bueno separarlas y olvidar la que está
en el origen de las otras dos: la necesidad de llevar a cabo una actividad
hizo preciso construir un espacio en el que se reunían las mujeres
y convivían. En definitiva no se trata de sustituir un objetivo
por otro, sino de ampliar y completar los objetivos iniciales y tratar
de salvar del olvido una realidad en toda su complejidad
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