- En su momento, más de 2000 vecinos se opusieron
a la obra
- Será el cuarto hotel de lujo en una zona
declarada Area de Protección Histórica
- Molestias en la Nunciatura
|
Hay
un nuevo ruido en el barrio que quita el sueño de los vecinos
del Palacio Duhau. No es el tránsito ni el trajín del cercano
Patio Bullrich. Es el ir y venir de los camiones, que confirma
el comienzo de las obras de demolición del edificio ubicado
sobre Posadas, en los fondos del palacio de la discordia.
Una
casa de tres pisos, desalojada hace años, por la que sus nuevos
dueños pagaron buen dinero, dará los metros suficientes para
levantar el hotel cinco estrellas, que ha sido causa de desvelos
del vecindario y eje de un negocio millonario que pasó por
varias manos.
El
primer comprador del Palacio Duhau, en tiempos del menemismo,
fue una sociedad encabezada por Vicente Raelle, un empresario
ligado a Lorenzo Miguel, dueño de una considerable fortuna y
propietario de un piso de arquitectura francesa sobre la avenida
Alvear.
De
las manos de la sociedad de cuño miguelista, pasó a integrar
el Grupo Exxel, cuando los inversores agrupados en torno de la
figura del uruguayo Juan Navarro vivían su momento de expansión.
La zona donde está ubicado el Palacio Duhau -la avenida Alvear,
entre Rodríguez Peña y Montevideo- es una ADH (Area de
Protección Histórica) y debe someterse, como tal, a una serie
de restricciones, que contemplan la preservación de la fachada
del edificio de serenidad helénica construido para la familia
Duhau, pero no la de los interiores ni la del jardín.
A
pesar de las 2000 cartas de los vecinos en contra del proyecto,
que suma un cuarto hotel cinco estrellas en una de las zonas más
caras y residenciales de la ciudad, y de la resistencia de
vecinos ilustres, como el nuncio Santo de Abril y Castelló, el
proyecto hotelero firmado por el ingeniero Diego Peralta Remos
(Caesar Park, Torre Fortabat) fue aprobado por la Secretaría de
Planeamiento. Su titular, el arquitecto Enrique García Espil,
eligió siempre el camino de la cautela, y si bien transfirió
las cosas a manos de sus colaboradores inmediatos, dejó
traslucir que negarse al cambio y a lo nuevo era una misión
imposible.
La
música de fondo de la demolición confirma que la suerte de los
añosos árboles y del jardín del palacio ya está echada. Las
obras comenzarán sin que hayan tenido eco suficiente las duras
advertencias del nuncio Abril y Castelló, cuando consideró, en
diálogo con LA NACION, que resultaba inadmisible la invasión a
la privacidad de una propiedad que "es sede de un Estado,
el Vaticano, que ha mantenido y mantiene excelentes relaciones
con la Argentina". Las 150 ventanas del hotel de 14 pisos
-un eslabón más de la cadena Ritz-Carlton- se asomarán al
jardín de la Nunciatura.
En
la otra vereda, algunos vecinos, que prefieren callar su
identidad, han renunciado a dar batalla y repiten frases
remanidas como "siempre el progreso es bienvenido".
Por Alicia de Arteaga
De la Redacción de LA NACION
|